Thursday, September 01, 2005

Una vez que halas, no hay marcha atrás. El proyectil pasa con su desgarradora violencia y destruye todo rastro de vida que deja a su paso, sólo queda lo inerte, muerto e inocuo. Quitar una vida es más fácil de lo que se cree, es impersonal, frio y cruel. Cruel por encima de todas las cosas. No puede ser de otra manera, la crueldad absoluta garantiza un trabajo limpio. Los lamentos y penurias de un ser en el patíbulo, deben ser sordas para mi. Mi trabajo es "barrerlos", porque para mi, no son otra cosa que una mota insignificante de polvo que alguien quizo hacer desaparecer en un desierto .

Entre los rudimentos de tan infrecuente trabajo, la limpieza sucia siempre ha sido lo que más me ha desagradado,por cuanto lleno de sangre y víceras el lugar del pecado queda. No es fácil desmanchar una pared cuando ésta se encuentra llena de materia gris. Pero, al pasar el tiempo, se me ha hecho más fácil la tarea. Me vuelto habilidoso en ello.

Pero en especial, una vez fui conmovido. Era un jóven. Su suerte fue decidida por un burócrata y podrido hermano, sediento y avaricioso, deseaba toda la herencia de su moribundo padre sólo para él. No lo supe hasta que fue muy tarde. Yacia dos metros bajo tierra. Empero, no fue eso lo que conmovió mi duro y gastado corazón, fue esa expresión, esa que sólo ves en un niño que no encuentra a sus padres en una calle ajetreada y llena de gente. Disparé sin ver, y aún así mis dedos trémulos vacilaron antes de hacerlo. El cañon humeante fue el único testigo de tal acto.
Por el trabajito, le cobré el doble de lo normal al avaricioso hermano.

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